Heredar el reloj

  • Si te paras a pensar que la jefatura de Estado pasa de padres a hijos como si fuera un reloj, no hay por donde coger la monarquía
06 junio 2014

Lo escribe Enric González: “Las monarquías son irracionales. Representan aquello que por su calidad emocional no tiene cabida en el ordenamiento legal ordinario. La patria, la continuidad, un cierto sentido de la historia, esas cosas”. Dicho con menos talento: si te paras a pensar que la jefatura de Estado se hereda de padres a hijos como si fuera un reloj, no hay por donde cogerlo. No hacen falta expertos constitucionalistas ni leyes orgánicas ni debates sobre modelos de Estado, ni tampoco la indignada sensación de estar pagándole al Rey el palacio, las cacerías y los coches oficiales (como si el presidente de la República fuera a vivir en un dúplex, sin guardaespaldas y sin séquito). Se trata sobre todo de una cuestión estética: en Estados Unidos hasta el negro más humilde de Nueva Orleans aspira a ser un día presidente de su país; aquí, en España, a los no Borbones sólo nos queda enamorar a Felipe, o más bien ya a Leonor.

Pero por encima de todo, pragmatismo: si la monarquía es uno de los grandes activos del país, si da estabilidad y equilibro, si es una institución sin tacha y aceptada por la ciudadanía, para qué andar tirando tabiques y levantando el suelo cuando ahora lo urgente es sellar bien las juntas de las ventanas antes de que llegue el invierno, para no volver a pasar tanto frío.

El problema llega cuando ya no puedes ser pragmático y lo irracional se desboca y te abofetea, como gritándote Despierta, aunque Felipe no tenga la culpa.

Que no solo no tiene la culpa: las cosas de heredar la jefatura de Estado como si fuera un reloj también tiene la cosa esa de que si el príncipe de Asturias no hubiera sido concebido, o si la ley de sucesión de la Corona no fuera machista, el día 19 estaríamos coronando a Elena I de Borbón.

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