Sacarse las muelas

  • De vez en cuando abría los ojos para asegurarme de que seguía en la consulta del dentista y no en una escena de Saw
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10 Abril 2014

Tres cuartos de hora después yo ya no era nada, pero nada. Por eso cuando me dijo que si sacaba también la otra dije que sí; como si me hubiera dicho que si me cortaba un párpado. El sufrimiento, que no el dolor exactamente, es un rodillo para la voluntad y el juicio, y ahí estaba mi boca sanguinolenta y cosida, deformada por un fórceps, a la espera de otra mutilación y de más sangre, tan mansita y derrotada la boca como la voluntad, el desgarro de la carne al separarse del marfil, que no duele pero se nota y a esas alturas hasta se disfruta porque el cerebro está lleno de cortocircuitos. Me quedé con ganas de que tirara de otra más.

Fueron dos muelas, dos, de esas con las que condenó Dios a Adán y Eva cuando fueron expulsados del Paraíso, Y cuando vayáis estando granaos os van a salir las muelas del juicio, que solo os van a servir para que tengáis que ir a sacároslas al dentista, otra vez os lo pensáis mejor antes de morder la manzana, y ahí estaba yo miles de años después purgando el pecado de mis antepasados, tan poquita cosa debajo del faro de coche, boca arriba y sumiso, Abre, Cierra, Abre grande, Relaja, Hacia mí, Abre grande, Abre más grande, viendo pinchos pasar de la bandeja a la boca, de la boca a la bandeja, notando raspuzones en las muelas, y todavía no hemos empezado, que antes hay que firmar un papel asumiendo que te pueden dejar tonto un nervio de la cara.

Confío en ti, le dije a la dentista ya con el papel firmado. Pero era mentira: lo que pasa es que estaba bastante buena y como no podía decírselo, un Confío en ti me pareció el sustituto adecuado.

Y ya aquella bellesa de Lansarote se escondió tras la mascarilla y siguió dándome órdenes con la delicadeza de las eses aspiradas insulares, y de entre los arrullos apareció una jeringa que parecía una pistola de agua de grande que era, tan aparatosa y tan exagerada que en otro momento hubiera dado risa. Dios en su misericordia también dejó dicho que anestesia sí, pero con dolor, por lo de la manzana.

Y una vez agarrada la anestesia a la media boca, olvidados ya los pinchazos en las encías y otras partes blandas (me imaginaba con la boca de un negro, los labios así morcillones) empezaban, no lo sabía todavía pero me lo olía, quizá los tres cuartos de hora más intensos de mi vida. Fueron tres cuartos de hora en negro, apenas algún parpadeo cada muchos minutos para asegurarme de que seguía en la consulta del dentista y no en el infierno o en una escena de Saw.

Si quiereh te voy contando, me dijo la lanzaroteña, pero decliné amablemente su ofrecimiento: prefería quedarme con el sonido ambiente e intentar atar en corto lo más posible mi imaginación.

Así que no sabía lo que estaba pasando; algo intuía pero me agarraba al beneficio de la duda. Tenía claro que había que abrir la encía y sacar la muela descarriada pero no cómo, ni idea del proceso a seguir. Tuve tentaciones de documentarme antes pero vencí a la tentación.

Fundido a negro, pues, un fórceps que tiraba con fuerza del lado izquierdo de la boca, la fuerza que hacía yo con los músculos de la cara para mantener abierto el otro lado, una sensación imprecisa dentro de la boca, de saber que están hurgando pero no qué ni cómo, ni dolor, intercambio parco de instrucciones entre la dentista de Lansarote y su ayudante, muy consciente esta en su labor de manejar el fórceps, Vah a notar presión, y vaya si la noto, hasta se me va la cabeza, Vah a notar presión y agua, y de pronto se oye algo parecido a una radial minúscula, y no se nota ni presión ni agua, se nota la radial rechinando en algo dentro de mi boca, ese algo que tiene que ser la muela puta. Lo que se nota es una vibración que llega hasta el dedo gordo del pie, y el ruido, que asusta, y olor a quemado. Me vienen a la cabeza la saga de Saw y El crimen de Cuenca. Después de la sierra ya no soy nadie, hubiera confesado el asesinato de Kennedy allí mismo. Además de en Saw y El crimen de Cuenca pienso en los cojones que hay que tener para ser dentista y me alegro de que estén bien pagados, es decir, la muchacha me está haciendo pasar el rato de mi vida pero estoy pidiendo con la mente un aumento de sueldo para ella.

La sierra vuelve otras tres o cuatro veces; cuando no hay sierra hay tirones. Dentro de la boca no me duele pero no me puede doler más la cara. De vez en cuando me preguntan que cómo estoy y yo levanto el pulgar derecho y me siento un machote. No sé en qué momento he perdido la noción del tiempo y ya juego a concentrarme en el dolor de los músculos faciales. De vez en cuando pestañeo, muy rápido para que me de tiempo a ver poco. Veo siempre lo mismo: la luz, un tubo lleno de sangre que sale de mi boca y un bulto que se mueve a la derecha, que es mi dentista de Lansarote. Sé que con un mínimo movimiento de ojos alcanzo la bandeja del instrumental pero consigo contener la curiosidad. La de cosas que capta el cerebro en un par de segundos de luz.

Ya solo nos queda una raíz, dice la ayudante. No sé de qué habla pero sé que es bueno y me esponjo en el potro de tortura. Ya tengo decidido que sí, que también me saque la otra ahora. Es como si no tuviera prisa por dejar de sufrir.

Cuando abro los ojos veo un hilo tirante saliendo de mi boca. Ya no cierro los ojos. Es la primera vez que me dan puntos y quiero verlo. Me quedo con las ganas porque es el último punto.

Espero la pregunta con impaciencia: ¿Sacamos la otra? Dale, le digo, haciendo que sí con la cabeza, por si no se ha entendido el Dale.

Esta de arriba es más fácil de sacar, solo tirar con las tenazas.

Y entonces pienso en los GPS, el GPS que me llevó de Madrid a un hotel de Logroño, un cuadradito que me hablaba y me decía con flechas por dónde tenía que tirar y que me dejó en toda la puta puerta del hotel; pienso también en el cohete ese que lanzaron a Marte: el cohete llegó sin perderse a Marte, aterrizó, se abrió una trampilla y salió un aparato con ruedas que se puso a circular por Mate y a mandar fotos; y pienso también en el láser que te quita la miopía: un punto de luz que te permite para siempre ver nítido lo que antes veías borroso. Todos contemporáneos de sacar muelas con unas tenazas, a base de tirones.

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