El pueblo menos manchego

  • Sin darnos cuenta crecimos y prosperamos, los abuelos se murieron, fueron cayendo las paredes de cal y levantándose las de ladrillo, ganamos en calidad de vida y nos sacudimos definitivamente casi lo único que nos quedaba de manchegos, que era lo pobre
Etiquetas:
27 febrero 2014

Cuando despertamos el pueblo ya estaba ahí, ramplón y cómodo para vivir, sin el sabor de un Almagro o un Alcalá del Júcar, sin un triste molino de viento siquiera, como en Mota del Cuervo, sin la plaza Mayor de Tarazona. Ea. Mejor esto que un pueblo de película lleno de cuestas y callejones y comunicado al resto de la civilización por una carretera estrecha que pasa por entre los cerros.

Éramos, cuando despertamos, un pueblo manchego: de pueblo lo teníamos todo y de manchego lo pobre, las casas de cal y arena, las de enjalbegar y echar la cinta, los tractores volviendo a la caída de la tarde, los arados en la era, la tabla que salvaba la puerta del agua los días de lluvia. En el centro ya no había ni cal ni arena, había ascensores, pero entonces el centro eran cuatro calles.

Y sin darnos cuenta crecimos en todos los sentidos y prosperamos, los abuelos se murieron, fueron cayendo las paredes de cal y levantándose las de ladrillo, ganamos en calidad de vida y nos sacudimos definitivamente casi lo único que nos quedaba de manchegos, que era lo pobre.

La Roda es un pueblo grande, decíamos con orgullo casi desde que tengo uso de razón, y ahora sí que sí andamos en ello: un pueblo grande que ni es pueblo-pueblo ni una pequeña ciudad. En esta tierra de nadie nos podríamos haber quedado con lo mejor del pueblo-pueblo y de la ciudad, pero ha sido al revés: nos hemos quedado con lo peor del pueblo pequeño y de la ciudad.

Así, el bacineo asfixiante de visillo y la zona azul son posibles al mismo tiempo y en el mismo lugar, tener que dar tres vueltas para aparcar, impuestos de capital, vida nocturna de Minaya, cine a treinta kilómetros, ¿qué pasa, ahora le compras la carne a Mengano?, las zonas verdes en las pámpanas de las viñas, verano con aire acondicionado como en el centro de Madrid, o quién se baja a tomar el fresco en la puerta del piso. Pueblo y piso, oxímoron.

Se ve muy claro en las fiestas patronales: nueve días de feria, nueve, dos más que la feria de Abril de Sevilla, tres más que la de Villarrobledo, sólo dos menos que la monstruosa de Albacete. Nueve días de continente a los que hay que rellenar de contenido; ahí se nota la holgura del zapato, que se mueve y roza. Tampoco tenemos claro si son unas fiestas urbanitas, más pijas, por decirlo de alguna manera, o son más arres, más de pueblo, de peñas y bajar sin arreglarse.

Las palmeras de la Mancha

Pero estábamos en la carcasa del pueblo, no en su espíritu, en lo poco manchego que se ve. Me asomo a la terraza y veo la pantalla informativa del parque, lo que iba a ser el pequeño Times Square de La Manchuela; más a lo lejos, al lado del inefable Monolito, la mini glorieta de palmeras, tan manchegas ellas como una perdiz, y dominando la parte principal de la vista, detrás de la pantalla, un parque minimalista de dorado albero, como la Maestranza. Y un paseo feo de cojones que lo mismo podría ser Getafe que Yecla que Calatayud. Eso sin bajar de mi casa.

Cuando despertamos el pueblo ya estaba allí pero lo que se ve desde mi casa, por ejemplo, no, que es de antes de ayer, y ya no es que de manchego tenga poco, es que es Corea del Norte de lo horrible.

Tampoco el nuevo Ramón y Cajal y lo que queda de la fuente de La Miliaria fueron herencia de la pobreza de nuestros abuelos, es la herencia que nuestros nietos van a recibir de sus abuelos que un día se pensaron nuevos ricos, vanguardistas, a la última y manchegos por los cuatro costados, todo así a la vez, y que van a recibir el pueblo menos manchego de Castilla-La Mancha y el más feo y el más impersonal.

Un garbeo por la Avenida de La Mancha para que lo veáis: juzgado, guardería municipal, estación de autobuses, Hacienda, uno detrás de otro, racionalidad y sentido común. El parque que un día fue y ya una hilera larga de chalés y por encima bloques de pisos que asoman sin fuste ninguno, para que nos entendamos. Ya al final, llegando a la carretera esa Caja Blanca, blanca y manchega pegada a la plaza de toros y la Posada del Sol hundiéndose a cachos en todo el centro del pueblo.

No pasa nada por vivir en un pueblo feo, pero en estos tiempos de euforia turística alguien debería de tener la lucidez (la honradez) de pararse a pensar qué tenemos que vender, dónde está lo manchego de nuestro pueblo manchego, el encanto, el interés, lo que hace que merezca la pena acercarse hasta aquí, qué va a pensar el incauto que vio tal o cual cosa de interés turístico regional en planos cortos y escogidos en la tele regional y luego llega aquí y se encuentra con la realidad sin editar.

Al final el viaje lo salvan los miguelitos. Estamos en manos de un pastel (que se puede comprar sin necesidad de entrar al pueblo).

Comparte con tus amigos










Enviar