Las amistades peligrosas

  • Dicen por ahí que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. A veces ese tesoro es material y directamente proporcional al nivel social y político del amigo en cuestión
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12 febrero 2014

Dicen por ahí que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Vaya que sí. Y bien cierto que es. Pero a veces, más allá del sentido figurado de la frase, resulta que el tesoro es material y directamente proporcional al nivel social y político del amigo en cuestión. Favores, sobres, comisiones, influencias; el clásico yo te doy a ti y tú me das a mí, que por eso somos colegas del alma y estamos para echarnos una mano. Hoy por ti y mañana por mí, que no se diga, compañero. Pero a veces, entre esas ayudas y devolución de favores, en un momento dado y por cualquier circunstancia, las cosas se ponen chungas y alguno pringa arrastrando al otro de lleno. ¿Qué pasa entonces? Pues que acaba el colegueo y aparece el típico: “¿Amigo yo de este elemento? ¡Vamos, anda! Por Diosssss… ¡Pero si apenas conozco a este tío!”. O ese otro, también muy recurrido: “Traicionó mi confianza, me fié de él y me la dio el muy sinvergüenza”. Suele pasar. Y en eso, el Partido Popular ha demostrado ser un gafe de mucho cuidado. El equipo de Rajoy, o tiene un imán al que se acercan los más caraduras del reino o lo persigue una sospechosa mala suerte al elegir y defender a muerte a sus más queridos y corruptos amiguitos.

“Fabra es un ciudadano y un político ejemplar”, afirmaba rotundamente el jefe de filas del PP en 2008. El partido, en la oposición por aquel entonces, presentaba un decálogo contra la corrupción pidiendo tajantemente “mano dura con los que trincan”, pero al mismo tiempo defendía con uñas y dientes al presidente de la Diputación de Castellón imputado por cohecho y tráfico de influencias. “Está aquí porque lo ha merecido”, argumentaba Rajoy ante las duras críticas recibidas por compartir mesa con un cargo público investigado por la justicia y, sobre todo, por hacerlo mientras presentaba un drástico plan contra los casos de corrupción dentro del gobierno del PSOE. Pues eso mismo, que Carlos Fabra era, según su presidente y amigo, “un ciudadano y político ejemplar”; un político que al ser condenado después a cuatro años de prisión por fraude fiscal y librarse del resto de acusaciones, amenaza con no volver a votar en su vida al PP por discrepancias con su delfín político Javier Moliner. Otros que eran amigos y ya no lo son. Así que, haciendo honores a su hija Andrea el día que el jefe anunciaba en el Congreso los recortes en las prestaciones por desempleo, posiblemente alguien esté gritando bien fuerte y con corte de mangas incluido, un sonoro “¡que se jodan!”. O si no, siempre a gusto del consumidor, quedará la opción de elegir una clásica peineta al más puro estilo Bárcenas. Porque ese es otro que tal baila.

¿Bárcenas? ¿El tesorero del PP? Noooo… Insolentes los periodistas y cizañeros de turno que acusaban al pobre de repartir sobres a diestro y siniestro, de mantener una corriente financiera más allá de la contabilidad oficial del partido y ocultar una fortuna de 47 millones de euros repartidos en distintas cuentas en Suiza. Todos en Génova ponían la mano en el fuego por él ofreciéndole apoyo a capa y espada, desde Cospedal a Sáenz de Santamaría, pasando por Acebes, Mayor Oreja o Rodrigo Rato. “El Partido Popular confía en la inocencia de Luis Bárcenas y en que así se demostrará en los Tribunales de Justicia”, decía Rajoy en la misma línea de defensa numantina utilizada con Fabra. “Nuestro tesorero ha sido un ejemplo de buen trabajo, profesionalidad y, en nuestra organización, siempre ha sido un ejemplo de decencia”, aseguraba Javier Arenas mientras Álvarez-Cascos contaba orgulloso: “Soy amigo de Luis Bárcenas, es una persona honorable y conservo mi confianza en él”. Desde luego, hay que ver lo rápido que se pasa de un extremo a otro. Ya nadie puede verlo ni en pintura y su nombre es impronunciable en la sede. Todos han cambiado radicalmente el concepto que tenían del onubense al hacer públicos sus famosos papeles con la supuesta contabilidad B del partido y entrar en chirona bajo la amenaza constante de seguir tirando de la manta.

Pero, sin ninguna duda, la mayor concentración de amigos insidiosos tuvo lugar en el fastuoso bodorrio de la hija de Aznar y Alejandro Agag. Como en un desfile de Lagerfeld, por la puerta del Escorial fueron pasando uno tras otro, sonriendo, saludando y luciendo sus lujosos modelitos ante el gran despliegue mediático. Hasta un total de 18 políticos, empresarios y banqueros invitados a la ya definida por muchos “boda de la tercera infanta”, se han sentado en el banquillo o están pendientes de hacerlo once años después. Entre ellos, el citado Luis Bárcenas junto a varios imputados en la trama Gürtel y en distintas corruptelas de Baleares. Una lista bien completa de personajes que tienen o han tenido problemas con la justicia. Y ahí estaban todos, como recién salidos de una entrega de El Padrino. Hasta el expresidente de Caja Madrid, el llamado “planeador de las preferentes”, Miguel Blesa, se encontraba en esa celebración más parecida a la que abre la famosa novela de Mario Puzo que a la de la hija de alguien que dirigía en ese momento las riendas del país.

En uno de los 8.700 correos electrónicos intervenidos a Blesa -considerados “irrelevantes” por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid- el hijo de Aznar le escribía bastante enfadado en 2008: “Con los pelos que se ha dejado por ti, y han sido muchos, me parece impresentable lo que has hecho. No merecía esta decepción”. El reproche, llegaba al conocer que no compraría los cuadros de un buen amigo de su padre a través de la fundación Caja Madrid por un importe de 54 millones de euros, tal y como le había sugerido previamente el mismo José María. Lo dicho. Volvemos al origen de todo. ¿Para qué están los colegas? Para echarse siempre una mano. Favor por favor. Yo te ayudo a ti y tú me ayudas a mí en lo que sea necesario. Y si uno de los dos falla, se acabó lo que se daba. O aquí jugamos todos, o se rompe la baraja.

Carlos Fabra, Jaume Matas, Francisco Correa, Luis Bárcenas, Pablo Crespo, Ricardo Costa o Francisco Camps; a su vez amiguito del alma de Álvaro Pérez “El Bigotes”, quien cambió el “te quiero mucho y cómo te quiero… fíjate si te debo” al “es un gilipollas, iría ahora mismo a verle y le daría dos hostias”. La lista es interminable. La familia y uno más, como en la película de Fernando Palacios. Una buena cuadrilla para vendimiar. Vaya que sí. Y sobre todo, cándida inocencia la de algunos al confiar siempre en las personas equivocadas. ¿O no? No sé. Cosas mías.

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