Si bebes no conduzcas

  • Por décimo año consecutivo se ha reducido el índice de siniestralidad en las carreteras españolas alcanzando un mínimo histórico
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29 enero 2014

Como viene siendo habitual, la DGT aprovecha los primeros días del año para hacer balance del dispositivo especial desarrollado durante las fechas claves del ejercicio anterior. Controles intensivos de velocidad, droga y alcohol, con los que se pretende garantizar nuestra seguridad al volante y concienciarnos del gravísimo peligro que supone conducir ebrio o no respetar las normas básicas de circulación. La buena noticia es que, por décimo año consecutivo, se ha reducido considerablemente el índice de siniestralidad en las carreteras españolas alcanzando su mínimo histórico. Pero, evidentemente, aunque la cifra de 1.128 muertos está bastante lejos de los 5.940 registrados en las estadísticas de 1990, todavía queda mucho trabajo por realizar. Y eso es algo en lo que todos tenemos la parte más importante y de mayor responsabilidad.

Entre los muchos casos captados por las cámaras encargadas de cubrir el reciente operativo navideño, veo aparecer en la tele a un tipo con una tajada tan gorda que, ante la sorpresa de los agentes, confunde la boquilla del alcoholímetro con un cigarro, le da tranquilamente una calada y simula después expulsar el humo. A pesar de jurar encontrarse en condiciones óptimas para conducir y no entender que hayan interrumpido su vuelta a casa sólo para hacerle soplar por el dichoso aparatito, triplica la tasa de alcohol en sangre y se larga tambaleándose de un lado a otro de la calle como si fuera un zombie de Walking Dead; eso sí, con la correspondiente retirada del permiso de conducir y una condena flotando en el aire de hasta seis meses de prisión que podrían ser sustituidos por los cada vez más frecuentes trabajos en beneficio de la comunidad. Poco me parece, sinceramente, para ser uno de los irresponsables que no sólo ponen en peligro su vida, sino que además juegan peligrosamente con la de todos aquellos que tienen la mala suerte de cruzarse en su camino.

Aún hoy, un año después, me resulta imposible olvidar la terrible imagen de aquel trágico accidente que conmocionó al país entero desde la localidad granadina de Iznalloz. En la cuneta, asomando entre la maleza, un pez de peluche y un palo de golf infantil se convertían en el testimonio más desgarrador de una imprudencia cometida al volante. Momentos antes de aquella desoladora fotografía tomada para EFE, un conductor de 27 años arrollaba con su furgoneta al turismo en el que viajaba una pareja acompañada de sus dos hijos. El brutal choque se saldó con la muerte del bebé de un año y su hermano de doce, el traslado urgente de los padres en estado crítico al Hospital de Granada y una imborrable herida en el alma que jamás llegará a cicatrizar. En el automóvil siniestrado, sus cuatro ocupantes llevaban los cinturones y dispositivos de seguridad infantil perfectamente colocados, circulaban correctamente, con la máxima prudencia y respetando la velocidad de la vía, sin embargo no esperaban encontrarse con la misma muerte embistiéndoles de frente en la A-308. El joven que sesgó la vida de los menores, cuadruplicaba el límite de alcoholemia y conducía a gran velocidad por aquella maldita carretera teñida desde entonces de tragedia, dolor y sangre.

Desgraciadamente, no han sido ni son las únicas víctimas del explosivo cocktail resultante al combinar alcohol y volante. Se calcula que en España, cada año mueren unas 1.500 personas y otras 50.000 resultan heridas en las vías de circulación por ingesta de bebidas alcohólicas. A pesar de todos los intentos por evitarlo, aún son demasiadas las familias rotas por la llamada más desgarradora que alguien puede llegar a recibir en su vida: aquella en la que se notifica la pérdida de un ser querido al que poco antes se despedía con un “te veo a la noche”.

En una entrevista concedida por José Ortega Cano tras conocer su sentencia por la muerte de Carlos Parra, el torero afirmaba rotundamente: “No he cometido un asesinato. Fue un accidente de coche”. Por supuesto que no. No es un asesinato, sino un homicidio imprudente. Pero tampoco se trata de un accidente. Desde el mismo instante en que alguien coge el coche después de haber tomado unas copas, comete imprudencias, se duerme al volante o conduce con sus facultades mermadas por cualquier motivo, la definición de accidente adquiere otro significado distinto si se es consciente del peligro que eso supone. Mención aparte merecen los inconscientes que atienden al teléfono o escriben mensajes sin detener la marcha en una peligrosa costumbre, por desgracia, cada vez más frecuente en la era del whatsapp.

En mi camino al trabajo, fui adelantado hace poco por una joven conduciendo bruscamente y a toda prisa, con el teléfono pegado a la oreja y un cigarrillo en la mano que quedaba libre apoyada sobre el volante. A juzgar por sus gestos y risas, la conversación debía ser de lo más interesante para ella; tanto, que fue incapaz de ver segundos después a una niña cruzando el paso de cebra del colegio. El brutal frenazo rozó a la menor con el parachoques sentándola sobre el asfalto, aunque afortunadamente sin más lamentaciones que unos simples llantos por el susto. Si la hubiese atropellado, no habría sido un accidente, no; sino una imperdonable imprudencia por ir contándole a Maripuri su alucinante fin de semana en la sierra con Borjamari.

Los que me conocen bien, saben mi tolerancia cero hacia este tipo de conductas. Por eso, aplaudo muy sinceramente a todos aquellos que extreman las precauciones en carretera, a los que vuelven a casa en taxi después de haber tomado unas copas, a esos grupos de amigos que organizan turnos al salir de fiesta para que uno conduzca y sea el que no beba esa noche, a los que aparcan el coche y duermen dentro hasta que se encuentran en condiciones de reanudar la marcha, a los que entregan las llaves del vehículo a cualquiera que no haya probado ni una sola gota de alcohol… o sencillamente a quienes evitan esas circunstancias al reflexionar seriamente sobre las consecuencias. Porque no debemos pensar únicamente en eludir multas o penas de cárcel, sino en la responsabilidad de no poner en peligro nuestra vida ni la de nuestros acompañantes, tanto dentro como fuera del automóvil.

Ya lo decía el gran Stevie Wonder en aquel mítico anuncio de la DGT en 1985 con la canción “Don’t drive drunk” de fondo: Si bebes, no conduzcas. Así que, pongamos un poco de nuestra parte para que así sea. Y a ver si entre todos podemos lograr que el índice de siniestralidad en las carreteras españolas vuelva a alcanzar otro mínimo histórico a lo largo del recién estrenado 2014; y lo más importante, que podamos contarlo. Hagámonos ese favor. Indudablemente, con esa actitud, todos saldremos ganando.

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