Abraham y el dilema de la olla exprés

  • CRÓNICA DE LA RODA sigue creciendo. Antonio Carrilero se suma a la amplia lista de firmas de este periódico. Sus artículos irán acompañados de las ilustraciones del artista rodense Chema Arake
Ilustración de Chema Arake
23 enero 2014

Como los tiempos cambian pero no para todos, o al menos no de la misma manera, no hizo falta que se separaran las aguas, ni tampoco una zarza ardiendo en medio del desierto, ni siquiera se cubrió el cielo cuando aconteció el milagro. Lo acorde, por tanto, a estos tiempos sería mostrarse en el móvil, tableta o cualquier otro dispositivo electrónico; mas la Iglesia avanza lenta (pero segura) y la aparición divina tuvo lugar mientras Abraham preparaba la comida para Isaac, su único hijo, en el fondo de una olla exprés. Al menos así se hizo bueno aquel dicho de que los caminos del Señor son inoxidables.

“¡Abraham!”, resonó la voz desde el fondo de la olla. “Heme aquí” dijo Abraham, consciente de que hacía ya mucho tiempo que no se hablaba así pero la ocasión bien merecía el arcaísmo. “¡Abraham!, escucha con atención”, volvió la voz, “Dios tiene para ti un cometido: el día de mañana, antes de caer el sol, tomarás a tu hijo, tu único hijo, Isaac, a quien amas, y lo matricularás en un colegio privado religioso”. Y desapareció.

Abraham quedó estupefacto. Aun así continuó echando alimentos a la olla de forma mecánica, como si el hecho de cubrir el fondo evitara otra posible revelación. Muchas preguntas le venían a la cabeza. ¿Por qué él? Abraham era un hombre bueno, nunca le había hecho daño a nadie y cumplía con todas sus obligaciones a rajatabla; entonces, ¿por qué Dios le proponía esta prueba para mostrar su fe? Sabía perfectamente que cambiar a Isaac de colegio sería perjudicial para él por muchas razones, pero si Dios estaba empeñado en ello no convenía contradecirlo. ¿Cómo se lo tomaría Sara? Ella fue la que más claro tuvo que Isaac debía ir a un colegio público, un colegio donde hubiera diversidad entre el alumnado, todo tipo de personas, de opiniones y de actitudes que enriquecerían la educación de su hijo como la vida misma, un colegio de todos y para todos; en definitiva, un lugar de convivencia, no de adoctrinamiento. Con todo, lo que Abraham más temía eran las leyendas que sobre estos colegios circulaban no solo por Ur sino por toda Mesopotamia desde tiempos inmemoriales. Se contaban extrañas historias sobre lo que en aquellos lugares se hacía o se dejaba de hacer: relatos sobre gárgolas, uniformes, hidras, segregación por sexos, basiliscos, notas cebadas, quimeras… Pero Dios así lo quería.

A la mañana siguiente, Abraham despertó a Isaac para que lo acompañara en la matriculación: “Padre, ¿dónde me llevas?”, “Hijo mío, no temas.” Juntos llegaron al nuevo colegio y pidieron los impresos para su traslado de expediente. Una vez cumplimentados, cuando Abraham estaba a punto de firmarlos y cumplir con el mandato divino, de nuevo, una voz conocida retumbó en las paredes del edificio: “¡Detente, Abraham!”; “Heme aquí”, dijo Abraham; “Sí, hete ahí, pero detente”, volvió a decir la voz, “no hace falta que continúes, has obrado con obediencia inmediata a pesar de lo que se te ordenaba. Ya has demostrado tu confianza y fe en Dios. Es suficiente. Tu hijo puede volver a su colegio”. Entonces Abraham, dando gracias a Dios, dejó los impresos encima de la mesa y cogiendo del brazo a Isaac, su único hijo, al que amaba, abandonó aquel extraño lugar para siempre.

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