Bienvenido, Mr. Brey

  • Rajoy se siente importante, el amo del mundo, un líder de los buenos jugando en primera división dentro del mismísimo centro del poder
22 enero 2014

Rajoy se siente importante, el amo del mundo, un líder de los buenos jugando en primera división dentro del mismísimo centro del poder. Sentado en la butaca marrón del Despacho Oval, mira al frente buscando con sus ojos los clics de las cámaras, saca pecho paloma y aguanta una sonrisa profident forzada hasta el extremo de notar punzadas en las mejillas. Todo sea por quedar bien en la foto y demostrar a los españoles que su presidente tiene clase, categoría y prestigio internacional como el que más. Para que luego digan. Envidia cochina la que sentirán algunos cuando esto se vea en terreno patrio. Se van a comer las uñas.

A su izquierda, mirando disimuladamente el reloj para finiquitar cuanto antes la obligada reunión impuesta en la agenda del día, el presidente de los Estados Unidos de América responde a Mariano en tono distendido e informal transmitiendo un mensaje calcado al de países como Grecia o Italia en encuentros anteriores. El mismo esquema, casi las mismas palabras que parecen sacadas de una plantilla genérica “modelo palmaditas de ánimo en la espalda para presidentes de los que no se tiene ni pajolera idea en países de capa caída” preparado por el equipo de asesores para salir del paso.

¿Quién viene hoy? ¿Mariano qué? ¿Rajoy? Se busca el nombre en Google, se apuntan los cuatro o cinco conceptos básicos más repetidos y se añaden automáticamente al guión para cubrir sobradamente una hora de afable charla sin café ni almuerzo. Recuperación, crisis, desempleo, brotes verdes, selección española… Claro, que también puede ocurrir que aparezca en los primeros resultados un artículo de Marhuenda, lo lean, crean a pies juntillas eso del gran liderazgo de Rajoy fundamental para estabilizar la economía española y lo utilicen después en la conversación para regocijo y orgullo del interlocutor. El caso es hacer que la visita se vaya contenta.

A Mariano se le cae la baba escuchando a Barack dorándole la píldora con elogios a su gestión. Siente gaviotillas revoloteando en el estómago cuando cruzan sus miradas con cada palabra. Peloteo puro y duro. Es lo típico en una entrevista informal de este tipo, pero a él le viene de lujo para restregárselo luego en la cara a más de uno. Lo ha dicho Obama y punto. Es lo que importa y no se hable más. Sólo por eso ya merece la pena el viaje a Washington. Bueno, por eso y por el intercambio de regalos, claro: una cajita de M&M’s con el logo de la Casa Blanca y un autógrafo impreso para endulzarle el viaje de regreso a la madre patria. Tal cual. Un obsequio que contrasta con el lote formado por tres valiosos facsímiles de obras de hasta 500 años de antigüedad, una carta de Núñez de Balboa a Fernando El Católico, una biografía del descubridor y un mapamundi de la época entregados por el Gobierno español. Todo a cambio de una pequeña caja de cacahuetes recubiertos de chocolate y, por supuesto, el mejor regalo que su homólogo podía hacerle, el que no tiene precio ni se compra ni se vende: una foto en plan colegas del alma y un brutal subidón de autoestima para que siga creyéndose el rey del universo, como DiCaprio y Winslet abriendo los brazos al viento en la misma proa del Titanic.

Sin embargo, a pesar del triunfalismo con el que Moncloa resume la visita, ha quedado suficientemente demostrado que allí Rajoy no es nadie. Uno más como tantos otros. La fugaz visita de un presidente que no es capaz de pronunciar una sola palabra en inglés y se arrastra a los pies del poderoso suplicando un poco de apoyo, apenas ha contado con presencia en los medios estadounidenses. No es de extrañar, teniendo en cuenta que muchos siguen localizándonos en Sudamérica al preguntarles dónde se encuentra España. El nombre del presidente español se pronuncia “Mah-ree-AH’-noh rah-HOY”, informaba la Associated Press en una nota remitida a los periodistas, mientras el secretario de prensa de la Casa Blanca lo nombraba por su segundo apellido. El presidente Brey, decía antes de confundir a España con México en su encuentro diario con los medios y corregir a una redactora que hablaba del viaje del Rey de la Nación española.

Y después, levitando en una idílica nube de la que aún no conseguido bajar, el saludo a Christine Lagarde en la sede del FMI y una comparecencia ante grandes empresarios inyectaron otra sobredosis de adrenalina en la moral del compostelano. Inviertan en España, recomendaba contando las bonanzas imaginadas en su particular mundo fantástico. Le faltó añadir que aquí encontrarán mano de obra barata y todo les irá de maravilla, que los españoles estamos tan desesperados por trabajar que aceptamos sin rechistar cualquier sueldo precario y horario esclavo con tal de abandonar de una vez por todas la miserable lista del paro. Buen momento para invertir, sin duda, en unos tiempos donde los números de sus informes económicos prevalecen sobre el drama humano que generan los recortes y el desempleo. “Hemos podido transmitir la imagen de un país en recuperación”, decía Rajoy con orgullo por haber cumplido el objetivo marcado durante el viaje. Pero la imagen de un país no es la que se vende a los demás desde un punto de vista subjetivo e interesado, sino la que se ve y siente a pie de calle; y esa, verdaderamente, es muy distinta a la pregonada con tanto optimismo en Washington.

Con todos mis respetos, señor presidente, creo que a Obama se la sopla lo que pase en España más allá de sus propios intereses, aunque evidentemente le ha hecho un favor impagable al permitirle fardar durante algún tiempo de “liderazgo” en una oportuna estrategia de propaganda política. Y es que, mientras Rajoy narraba victorioso su encuentro en la Casa Blanca publicando hasta diez fotos en sus perfiles personales de Facebook y Twitter, el jefe del gobierno de Estados Unidos pasaba olímpicamente del tema al no hacer ni más mínima referencia en los suyos. Esa es la diferencia y así se explica todo. Pero no pasa nada, porque lo importante es volver a casa con la foto enmarcada para el hueco tanto tiempo reservado en la mesita de noche, el ego a flor de piel y por supuesto, con una honorable cajita de M&M’s en el bolsillo. ¡Enhorabuena! Se la ha ganado por lo bien que ha sabido vender el humo. Buen provecho, a disfrutarla; y como suele decirse… y yo que lo vea.

Comparte con tus amigos










Enviar