Una monarquía en peligrosa decadencia

  • La credibilidad de la Corona se derrumba tan fulminantemente como mi confianza en una monarquía obsoleta y maltrecha por la sucesión de escándalos que la golpean salvajemente
Foto: OEA-OAS
15 enero 2014

Hay que ver cómo está el patio, Majestad. Su credibilidad se derrumba tan fulminantemente como mi confianza en una monarquía obsoleta y maltrecha por la sucesión de escándalos que golpean salvajemente la corona. No es que exista una nube gris ennegreciendo el “annus horribilis” acuñado para definir una simple racha de mala suerte, no. Es, sencillamente, que ahora se sabe más y se calla menos, a pesar de persistir algún que otro bloqueo mediático impuesto en determinados asuntos con aroma a familia real.

Capaces de provocar insomnio a los más firmes defensores de la institución, los datos siguen apareciendo ante la opinión pública intermitentemente y de forma demoledora. Desde la vergonzosa cacería en Botsuana, donde empezó a forjarse el declive, hasta el lujoso pabellón montado a un kilómetro y medio de Zarzuela para guardar los más preciados trofeos logrados por el monarca en sus escapadas cinegéticas. 1.000 metros cuadrados con un coste de 3,4 millones de euros -cargados al erario público- donde elefantes, venados, lobos, jirafas, rinocerontes y cabras montesas en perfecta disposición taxidérmica, se mezclan con una generosa armería en la que deslumbra especialmente un valioso rifle de oro y cristales Swarovski, modelo “Rey de España” según la propia descripción del fabricante.

Acciones que se filtran, sorprenden y ensanchan cada vez más una monumental grieta abierta con peligro de derrumbe y bastante difícil de cerrar a la sombra del excelso yerno. Así que, por eso no es de extrañar que el Jefe de la Casa aparezca en la tele pidiendo finiquitar de una vez por todas el sumario de Nóos debido al “martirio” que supone para la Monarquía tener “repicando día tras día” el mismo y machacante tema tras la oreja cual mosca cojonera.

Confieso haber leído de una sentada las 227 páginas del auto remitido por el juez Castro a las partes personadas en el proceso; y de haberlo hecho letra a letra, párrafo a párrafo, con el mismo entusiasmo con el que devoro una novela de Ken Follett. Impecablemente detallado y argumentado hasta el límite extremo de tumbar cualquier nuevo impedimento por parte del fiscal convertido en abogado defensor. Y como era de esperar, el texto judicial ha terminado ganando la partida. Los motivos expuestos han sido más que suficientes para confirmar la próxima declaración de la infanta Cristina en calidad de imputada por fraude fiscal y blanqueo de capitales. Porque algo tendrá que contar sobre el tema, digo yo, aunque el penalista Jesús María Silva irrumpa ahora en escena justificando las acciones de su representada “por su fe en el matrimonio y amor a su marido”. Claro, porque como esposa sumisa y leal, la hija del Rey habría firmado cerrando los ojos todo lo que el otro dejaba sobre la mesa. “Pon aquí una firmita, Cris; anda, cari”, y ella iba y la ponía sin rechistar. Eso va a ser, sí.

Comienza de esta forma lo que parece ser una nueva línea en la estrategia de la defensa. Sin más remedio, se acepta la incuestionable decisión del juez y se convierte a Cristina en una mártir al servicio del autodenominado duque em-Palma-do, otorgándole un nuevo rol de esposa engañada que confiaba plenamente en la transparencia de su matrimonio pero no estaba al corriente de nada. “Siempre a su lado, pese a las infidelidades”, titula ya algún medio nacional en referencia a los supuestos escarceos amorosos soportados en silencio por la hija del Rey. Se empieza por ahí, y luego, ya se irá viendo. Es lo que se llama un lavado urgente de cara en toda regla para intentar cambiar abucheos por aplausos e ir cubriendo de rosas el temido camino hacia el banquillo.

Así que id preparando las palomitas porque tenemos culebrón para rato. Seguiremos con atención las distintas entregas de esta interesante serie que permanecerá en las mejores pantallas hasta el próximo 8 de febrero, un mes antes de lo previsto para evitar el “martirio” del que hablaba Spottorno. Será entonces cuando se estrene una segunda temporada que aún promete ser más emocionante que la primera; y aunque a estas alturas es más que evidente que la justicia en España no es igual para todos, resultaría obligado demostrar que, por lo menos, todavía funciona algo. Un poco de confianza en el sistema no vendría mal en estos tiempos revueltos.

El caso es que, como decía antes, por hechos como este, la Monarquía está de capa caída. La valoración de los españoles en mayo del pasado año era de un sonoro suspenso con una puntuación del 3,68, según datos recogidos en ese momento por el CIS. Desde entonces, el Gobierno ha intentado dejar fuera del barómetro cualquier mínima cuestión relacionada con la institución, no vaya a ser que a estas alturas haya alcanzado ya niveles del subterráneo inframundo, que es lo más probable, y los nuevos datos sirvan para el regocijo de republicanos llenándolos de orgullo y satisfacción.

Ya no cuelan excusas campechanas del tipo “lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Los medios internacionales cuestionan seriamente el papel desempeñado por la monarquía española, mientras otros tantos siguen defendiendo que, por ser quienes son, la libertad es plena al hacer lo que les dé la real gana, nunca mejor dicho. No es eso lo más correcto, no. Y aunque siempre haya sido así contando con el consentimiento general, el pueblo empieza a hartarse. Se dibuja la decadencia de una monarquía que irremediablemente va camino de estrellarse sola al circular cuesta abajo, a toda pastilla y sin frenos, en una pendiente tan pronunciada y temida como la de la misma entrada a los juzgados de Palma.

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