La foto de la vergüenza

  • Convocados en Durango el pasado fin de semana, 63 peligrosos etarras excarcelados por la sentencia de Estrasburgo iniciaron su particular campaña con una reunión autorizada por el juez Santiago Pedraz, quien desoyendo todas las voces en su contra, justificó no encontrar en ella ninguna razón para impedirla
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08 enero 2014

La indignación y el sinsentido sacuden a España en una fría mañana de otoño. “¿Qué te parece, Julio? Es que no hay derecho”, comenta alguien a mi lado en la cafetería del trabajo. “¿Cómo es posible que pasen estas cosas? Y encima, míralos ahí partiéndose de risa. ¡Esto es inaceptable!”, grita una chica furiosa desde el fondo del local. Las imágenes emitidas en ese instante por la televisión estatal producen en nosotros tanto asco que el pequeño descanso, con café y tostada, queda convertido inmediatamente en un doloroso sentimiento de rabia incontenida. Ahí está, cayéndonos como una losa, la incomprensible escena de un grupo de presos abandonando la cárcel entre aplausos y vítores de familiares y amigos. No son reclusos comunes, no. Son sanguinarios delincuentes, asesinos sin conciencia, violadores y bestias irracionales capaces de sembrar el terror destrozando la vida de cualquier inocente sin apenas temblarles el pulso. Me quedo sin palabras, con los ojos humedecidos por la impotencia, incapaz de terminar mi desayuno y con una horrible sensación de injusticia flotando en el ambiente.

Desde la derogación de la doctrina Parot por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo el 21 de octubre, decenas de sanguinarios reclusos con elevadas penas sumadas por delitos cometidos, han sido vomitados a una sociedad que los recibe sin comprender la polémica decisión de diecisiete magistrados para los que una vida tiene el mismo valor que veinte, que parecen no entender el dolor de aquellas familias que han vivido la barbarie de un asesinato a sangre fría y a los que resulta fácil ejecutar una sentencia por ley sin tener conocimiento de las dramáticas historias que se esconden detrás de cada caso. Muchos ya están pisando la calle, otros lo harán en breve; y ahora, tres meses más tarde, volvemos a sentir esa extraña mezcla de dolor e impotencia al hacerse pública la imagen de la vergüenza, la sinrazón y el odio.

Convocados en Durango el pasado fin de semana, 63 peligrosos etarras excarcelados por la sentencia de Estrasburgo iniciaron su particular campaña con una reunión autorizada por el juez Santiago Pedraz, quien desoyendo todas las voces en su contra, justificó no encontrar en ella ninguna razón para impedirla. La convocatoria del colectivo de presos EPPK se sumaba de esta manera a los 15 actos de similares características que han contado con el beneplácito de la Audiencia Nacional en 2013. Ángeles Pedraza, representando a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), ha anunciado firmemente emprender acciones legales contra los participantes en el encuentro al que ha definido “la mayor vergüenza de toda la democracia española”.

Y ahí estaban, mostrando su unidad ante todos y posando como héroes para la foto en el antiguo matadero de la localidad vizcaína reservado para la ocasión. Uno a uno, simétricamente dispuestos en gradas bajo la protección de una mesa con cuatro portavoces, intercambiando abrazos y sonrisas a la llegada, evitando quedar fuera del encuadre ante los objetivos de los medios gráficos como en una reunión de viejos amigos o compañeros de clase; pero eso sí, con un macabro capital político regado con litros de sangre inocente como único elemento en común: 309 asesinados con coches bomba, ametralladoras y cobardes disparos en la nuca. Demasiado horror concentrado bajo un mismo techo y en tan poco espacio sólo para volver a exigir amnistía y autodeterminación en la propia voz de José Antonio López “Kubati”, condenado en su día a 1.210 años por 13 asesinatos consumados y otros 16 frustrados. Fue la obscena representación con palabras edulcoradas que les ha servido para reavivar el dolor de las víctimas. Sólo eso. Un insulto más, tras la polémica decisión del Tribunal Europeo, hacia quienes han sufrido en su propia piel la violencia de esta banda de asesinos. Otra forma distinta de hacer daño.

Valiente gesto el del humorista y reportero Cake Minuesa. Nada de preguntas, advirtieron a la prensa convocada. Sin embargo, decidió saltarse la exigencia impuesta con una contundente intervención dirigida a todo el grupo. “¿No van a pedir perdón a las víctimas?”. Lo dijo bien claro, repitiéndolo una y otra vez. “Algunos os arrepentiréis y querréis pedir perdón, ¿no? Tenemos las cámaras delante. No tenéis la hombría, la dignidad y la vergüenza de decir ‘queremos pedir perdón’. ¿Qué habéis ganado matando?”, insistía. Era sencillamente lo que todos esperaban escuchar. Pero no. Ni pidieron perdón ni expresaron la más mínima muestra de arrepentimiento por los crímenes cometidos. Impasibles, se limitaron a explicar que facilitarían copias del comunicado íntegro antes de recomendar a Minuesa marcharse “al circo” si buscaba protagonismo con su actitud. Posiblemente sí. Quizá esa fuera la intención del llamado “follonero de la derecha” en el nuevo rol creado por su cadena, pero es innegable que los tuvo bien puestos al levantarse y llamar cobardes a algunos de los criminales más sanguinarios de la banda terrorista, de frente, mirándolos a la cara y dejando en el aire una pregunta que todos los allí presentes repetían mentalmente pero ninguno se atrevía a formular. Era obligada. Y eso, independientemente de lo que haga o deje de hacer en su programa, tiene muchísimo mérito.

Terminado el vergonzoso aquelarre organizado entre frases de “compromiso con el nuevo escenario político”, la prensa fue desalojada y los etarras excarcelados disfrutaron de un agradable almuerzo en el interior de la nave; así, para celebrar que volvían a estar juntos, como en cualquier comida de empresa en fechas navideñas. Y de recuerdo para la posteridad, la vomitiva foto de familia con un claro mensaje en segundo plano: el del mayor y más humillante desprecio hacia todas y cada una de las 858 víctimas que la banda terrorista ha dejado en España a lo largo de su medio siglo de horror; una imagen que, por desgracia, vuelve a transmitirnos muchísimo más que mil palabras.

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