El comentario de José Antonio Fernández Plaza

La reflexión tras las victorias de La Roda ante el At. Sanluqueño (4-0) y del Alba en Málaga frente a El Palo (0-2)
31 octubre 2013

¡Qué alegría! Lástima que no sea lunes, porque hubiéramos tenido una semana larga para disfrutar, para deleitarnos con un pleno de victorias que ya estaba tardando en llegar. Así que, esta mañana de jueves, que nos ha traído el invierno, nos ha dejado el regusto de café y fútbol, de tertulia con la cabeza arriba, con el pecho henchido. Sí, los futboleros somos así, exageramos en los dos casos. Cuando perdemos –pierden nuestros equipos, ya saben-, salimos con las orejas gachas, con el ánimo estropeado. Cuando ganamos, se nos nota porque nos reímos por nada, porque hablamos sin parar y queremos contagiar nuestra alegría a quien no ven en el fútbol más allá de once tíos en pos de una pelota. Qué sabrán ellos…

Pertrechados contra el frío –no fue para tanto- nos fuimos al Municipal, casi a la hora de la merienda. Sinceramente no estábamos muy preocupados porque este equipo ya nos tiene acostumbrados a fiarnos de él. El rival, además, de nuestra liga, era asequible. Y jugaba Arturo. Pues nada, que después de unos primeros escarceos con alternativas en el juego, el equipo de Monteagudo asumió el mando y empezó a avisar. Sin alharacas, sin contemplaciones. Tiqui-taca -¿les suena?-, balón en profundidad y de lo demás ya se encarga Arturo. “Bien podréis”, se oyó decir a algún jugador visitante.

Sentí cierta pena del Sanluqueño, se habían metido una tunda de viaje y no merecían ese castigo. Por su juego, sí. Es que al poquito del primer gol, llegaba el penalti y la expulsión de su portero. Y el segundo de Arturo. Se acabó el partido. A partir de ahí, pacto entre caballeros: vosotros no hacéis mucho daño en el marcador y nosotros tampoco a ras de hierba, no vaya a ser que nos lesionemos. Pero Arturo, que va a lo suyo –once golitos en diez partidos-, se despistó y metió otro y le duró el despiste para darle el pase que convirtió Dimas en el cuarto y definitivo. La última media hora dio para comerse tranquilamente el bocadillo.

Los que fuimos, muy pocos, lo pasamos en grande; los que se quedaron en casa tendrán que imaginárselo. La Roda C.F. merece más apoyo; los aficionados, soberanos, deberían acudir y demostrar que son conscientes de que este club está viviendo un sueño del que no queremos despertar.

Mientras Arturo daba buena cuenta de los de Sanlúcar, el Alba se fajaba en El Palo, sobre un campo impropio de la categoría, frente a un rival en horas bajas. La cuestión era bien sencilla: o se ponían el mono, se ataban los machos y salían concentrados, o se corría el riesgo de regresar con las alforjas vacías y las cabezas llenas de dudas. Lo había advertido Sampedro.

Aplicados los muchachos, se lo tomaron en serio y combatieron cuerpo a cuerpo, sin olvidar su condición de líderes, pero con la humildad necesaria en combates de este tipo. Ayudó mucho, ya lo creo, que al filo de la media hora Jorge Díaz acertara con la portería y demostrara que él también puede meterla alguna vez.  Después, intercambio de golpes, mucho ajetreo por aquí y por allí, incertidumbre por si acertaban ellos y transcurrir de los minutos. Para acabar con el sufrimiento del por si acaso, llegó el penalti y el gol de Rubén Cruz. A casita, con los deberes hechos, mirando hacia abajo sin ningún tipo de vértigo. Orgullosos de ser los primeros.

Dentro de nada, otra vez al lío. Los unos en Granada, en un escenario de campanillas, frente a un buen rival. Los del Alba, en casa frente a un Lucena que empezó mal y se va recuperando. El lunes quedamos aquí y les contamos lo ocurrido.

 

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