El Alba vence, no convence. La Roda se ahoga en un arroyo

  • Ayer, de nuevo, tuvimos que vivir las dos sensaciones, penas y alegrías
30 septiembre 2013

No terminamos de redondear esto. Mecachis. Ayer, de nuevo, tuvimos que vivir las dos sensaciones, penas y alegrías. No terminamos dichosos del todo. Lástima.

Nos fuimos al Carlos Belmonte con la ilusión de un triunfo de esos que significan algo más que tres puntos. Queríamos ver a un Alba vencedor en el marcador y en el juego, convencedor de una grada inquieta por lo que pasa dentro y fuera del campo de hierba. El partido de hace una semana había dejado muchas dudas y urgía resolverlas cuanto antes. Si queremos ser de los primeros, debemos creer que podemos. Para convencer hay que estar convencidos.

Y en esas, que empieza el partido y comenzamos a adivinar que no iba a ser la tarde. Demasiadas nubes en el cielo y en el suelo. Al Cacereño le bastaba, como a otros, con apretar la salida del balón y esperar ordenaditos atrás. Con esa estrategia, simple donde las haya y el regreso de los males pasados y endémicos de un equipo que parece embotado en las ideas y premioso en los movimientos, el equipo extremeño se fue creyendo que podía ser su tarde, más por lo poco y fácil que le venía de frente, que por su propuesta rácana, que solía terminar en la raya de en medio.

Tuvimos que esperar cuarenta y cuatro minutos, nada menos, para el primer disparo local entre los tres palos. Fue un penalti por manos en el área, que Calle estrelló contra los guantes de un portero que había adivinado el engaño. Ni así, dijimos.

Suponemos que hubo reprimenda en el vestuario, el caso es que tras el refrigerio salieron con otras intenciones, con mejor disposición táctica y anímica, con más ganas, con otro aire. Llegaron entonces las oportunidades que pusieron de manifiesto la falta de puntería. Fallan tanto los futbolistas como los que se sientan en el palco. Menos mal que Calle se redimió por el penalti errado y por otra casi tan clara, que depositó gentilmente en el regazo del portero extremeño. Esta vez, abusó de sus muchos centímetros, se elevó y conectó su cabeza para poner un poquito de justicia en el marcador, porque el Albacete estaba siendo más y mejor que su rival.

Pero ocurrió, otra vez, que no supimos sentenciar y que los otros se fueron tímidamente hacia arriba para poner de manifiesto ciertas carencias defensivas que pagamos muy caras recurrentemente. Llegó el empate casi sin tiempo para la reacción y con la sensación en la grada de que, otra vez más, estábamos perdiendo una buena oportunidad. Maldita sea.

Pero, esta vez, el fútbol se iba a mostrar justo con los merecimientos y cuando muchos desfilaban por las bocanas, llegó el centro por la derecha y César “Guti” Díaz, dejó el balón muerto en el punto de penalti para que Rubén Cruz llevara el delirio a un graderío que vivía entre el enfado y la desilusión. Tres puntos, grises como la tarde, que sirven para seguir enganchados a un sueño que tiene que ver mucho más con la necesidad que con la ilusión. No es que nos guste que nos toque una lotería, es que no tenemos más remedio.

Para completar el doble enfrentamiento extremeño-manchego, cuando acabó el partido del Belmonte, comenzó el de Arroyo de la Luz. Y como viene siendo habitual esta temporada, el equipo rodense salió atontado, como en El Palo, como en Lorca…, de tal manera que cuando quiso espabilarse ya perdía dos a cero. Luego a remar contracorriente para intentar una remontada que se antojaba imposible frente a un rival que se ha mostrado inexpugnable en su campo pequeñito de hierba artificial. Por si éramos pocos, Matias Saad, que había salido a meter miedo, dejó a los suyos en inferioridad cuando todavía quedaba partido y redujo considerablemente las posibilidades de revertir aquel resultado. Ya es la tercera vez que concedemos esa superioridad al rival; suponemos a Alberto Monteagudo empeñado en remediarlo.

De nada sirvió que Arturo volviera su cita con el gol. Tener un delantero de esa naturaleza es importantísimo, pero no es suficiente. Para ganar un partido hay que empezar por defender a muerte la camiseta, por atarse bien los machos y no comparecer con el pijama, porque cuando te quieres dar cuenta te han pasado por encima. Como, nos cuentan, fue el caso.

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