Historias de la policía local

El tren de las siete y diez

27 mayo 2013

  • Basado en hechos reales

tren

No recuerdo si era verano o era otoño, puede ser que primavera. Tampoco recuerdo si iba ligero de mangas o enfundado en gabán.

Recuerdo un teléfono sonando en una tranquila tarde, o a lo mejor no lo había sido tanto.

Era una madre, como la mía, como la de mi compañero, como la vuestra.

Recuerdo que lloraba, recuerdo ver el nudo en su garganta, recuerdo su angustia, recuerdo la imagen de una madre a la que le quieren arrebatar lo que más quiere, al fruto de su vientre. Recuerdo a María Madre de Cristo.

Su hija se había ido, se había marchado dispuesta a arrancarse lo que su madre le dio años atrás. Se había ido de paseo por las vías férreas, esperando no volver, sin permiso de padre, sin permiso de madre.

—¿A qué hora pasa el próximo tren?
—A las siete y diez, —dijo el factor de la estación—.
—¡Pues dile que aminore!, ¡que puede haber alguien en las vías!

El patrulla se llenaba de polvo, para jorobar a algún mando que solo se preocupa de apariencias, pero que no le gusta arrimarse cuando el morlaco arranca por peteneras.

—¿Dónde coño está? —El vocabulario tampoco es el fuerte policial cuando las prisas aprietan, digamos, que no todas las veces somos políticamente correctos—.

Uno de los puentes que cruzan las vías, hace las veces de observatorio y parece que se vislumbra algo moviéndose a lo lejos, algo pequeño, y también, el tren de las siete y diez, que no viene rápido, ¡pero viene!.

Al patrulla ahora además de polvo le caen piedras y salta por los baches de los malcuidados caminos.

El algo moviéndose empieza a cobrar forma humana conforme los policías se acercan, y sin llegar a parar el coche, ya hay unos pies fuera de él, corriendo, asaltando una muralla de piedras sueltas.

En la vía, andando con decisión, se dirige a coger el tren de las siete y diez una joven, de cabellos dorados al sol del atardecer, impasible, sonámbula, y con el rostro lleno de cauces de lágrimas, sin ver ni oír nada a su alrededor, sola con sus pretensiones, al borde del abismo de la vida.

La Muerte esta vez viene disfrazada de locomotora Renfe S-450, de 4.000 KW. Sobran, pero a veces a la de la Guadaña le da por ensañarse, cosas de la vida… y de la muerte.

Ya está cerca, ya casi todo ha acabado, la Muerte empieza a sonreír, el tren tiene a su presa a la vista. Pero esta vez, aparece el Arcángel San Gabriel que viene vestido de azul y amarillo, envuelve con sus brazos a la joven, mientras grita, patalea y llora, la muerte ya la tenía hipnotizada, y el policía mira también a los ojos de la mujer de negro en forma de tren, que ya lo tiene enfrente.

¡Lo siento!, ¡pero este no es nuestro tren!, y con la chica en sus brazos se lanza a la muralla de piedras. La mano de su compañero ya se tiende en lo alto.

El tren pasa de largo. La joven ya solo llora. No hubo cámaras, no hubo fotos, no hubo entrevistas. Tampoco alcaldes ni concejales, ¡claro!, no había cámaras, ¿para qué? Solo dos policías, una niña… y la Muerte.

Espero que la Señora de la Guadaña no nos lo tenga en cuenta, pero le llevamos ganadas unas cuantas almas.

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