Opinión

A lo loco se vive mejor

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07 mayo 2013

  • Los políticos han desarrollado un truco para que no entendamos bien por dónde nos va a llegar el siguiente recorte

Montoro, Sáenz de Santamaría y Fernández Díaz en rueda de prensa del consejo de Ministros | Foto: Ministerio del Interior
Montoro, Sáenz de Santamaría y Fernández Díaz en rueda de prensa del consejo de Ministros | Foto: Ministerio del Interior

Los políticos que nos gobiernan se han inventado un nuevo lenguaje. Un truco para que no entendamos bien por dónde nos va a llegar el siguiente recorte; pero han conseguido lo contrario, ya que, cada vez que emplean uno de estos ignotos vocablos, salta la alarma y sabemos con total seguridad que una nueva poda de nuestro flaco sistema del bienestar tenemos en el rayano horizonte.

La penúltima palabra ideada por estos magos del lenguaje ha sido “desindexación”. No, no la busquen en el diccionario, no aparece por ningún lado, ni siquiera en la Wikipedia. Han dictado una ley, la ley de desindexación, con un significado poco claro, pero que no nos va a traer buenas consecuencias. Seguro.

Desindexar, para estos hacedores de nuevas palabras, significa dejar de condicionar determinadas subidas al índice de precios al consumo (IPC). Y aunque no lo han dejado del todo claro, es fácil inferir que pretenden dejar de supeditar el alza de la pensión al IPC, máxime cuando el ministro Montoro, con esa sonrisa nerviosa que le caracteriza, tenía el descoco de manifestar que “las subidas alocadas de las pensiones perjudican a los jubilados”. Y en qué les perjudican, ¿en su economía, en su salud? A lo mejor insinúa que el cobrar un día quinientos euros y al mes siguiente quinientos cuatro puede llevarlos al infarto casi de inmediato, al ver cómo en su cartilla de ahorros los números se agolpan sin sentido, los euros se amontonan alocadamente y los guarismos revientan la libreta.

Es cierto que no se deben hacer las cosas alocadamente, que luego pasa lo que pasa. La goletana Bienvenida Gracia, sin ir más lejos, estaba al calor de su brasero tan ricamente cuando abrió el sobre con el certificado de ingresos del año siguiente. Tuvo que aplicarse un antiácido después de la ingesta de los cuatro euros con que le habían ampliado su exigua pensión. Cinco meses después todavía siguen repitiéndole en el estómago los escasos euros con los que alocadamente el gobierno alargó su reseca paga. Dice un hijo suyo que el otro día soltó un regüeldo que olía claramente a billete de cinco.

Además, todos conocemos el caso de Sebastián Melquiades, pensionista de la calle Nueva, que marchó tranquilamente una fresca mañana de enero a poner la libreta al día en su sucursal de toda la vida sin saber lo que se le venía encima. Cuando el cajero le devolvió la cartilla y Sebastián comprobó un apunte de veinticinco euros que no esperaba, el síncope fue inmediato; el color de la cara le mudó y un tic nervioso se apoderó de parte de su cuerpo, a la vez que gritaba: “¡Me han subido alocadamente la pensión, qué atentado contra mi débil salud! Sólo se tranquilizó cuando el director le explicó que ya no le iban a revalorizar más su pensión tan a lo loco, pues el ministro había asegurado que se desindexaría su enjuta paga. Fue oír el verbo desindexar y recuperar su color natural. En voz alta, y más calmado, Sebastián comentó: “Ya era hora de que me desindexaran la pensión, ¡viva la desindexación y sus consecuencias!”.

Mi hijo me ha pedido su paga y, a modo de broma, le he comentado que, siguiendo la política de optimización de los recursos llevada a cabo por el gobierno, su asignación había quedado desindexada. Me ha mirado de arriba abajo como perdonándome la vida y me ha dicho: “Tú dame cinco euros y déjate de tontás”. Razón tiene.

Todavía restan muchos años hasta mi lejano retiro, pero estoy tranquilo. Tranquilo al saber que personas como nuestro ministro velan tanto por mi futuro bienestar. Pero señor Montoro preocúpese menos por la salud de los mayores, desmelénese, desabróchese la corbata y súbales alocadamente las pensiones a nuestros jubilados; pues, como cantaban Luisa Linares y los Galindos, allá por los años cincuenta, y más recientemente recuperó Celia Cruz, “a lo loco, a loco, a lo loco, a lo loco se vive mejor”.

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