Opinión

Atasco en la A-31, una historia real

Etiquetas: · · ·
05 marzo 2013

  • Todas las profecías catastrofistas que los gobernantes dejaron caer sobre la nieve resultaron desmedidas. O no

Regresamos de Madrid, de un viaje relámpago a la extensa capital. La calzada está impoluta, libre de la nieve que falaces agoreros han vaticinado. Nos las prometemos muy felices cuando ya solo tres leguas nos alejan de nuestro destino: la muy noble y muy leal Villa de La Roda. Todas las profecías catastrofistas que los gobernantes han ido dejando caer, para así evitar nuestra partida, han resultado desmedidas. La decena larga de máquinas quitanieves que hemos contemplado durante el trayecto parecen un monumento al despilfarro: “O se pasan o no llegan, a ver para qué tanto despliegue, menudo gasto innecesario”, comenta uno de mis camaradas de viaje.

A la altura de Pozoamargo, el paisaje muda de repente, la nieve comienza su andadura y un gran manto lechoso se extiende ante nuestros ojos, abrigando los campos y acumulando riqueza para la cercana primavera. Unas luces sanguíneas parecen presagiar un inmediato accidente; la inquietud inicial da paso a la satisfacción al constatar que se trata de una quitanieves que se va abriendo paso entre el temporal, cada vez más cerrado, aliviándonos la marcha. “Sí que son previsores”, afirma el mismo que minutos antes ha criticado el alarde de medios.

Continuamos su estela hasta que, a escasos cinco kilómetros de nuestra casa, aprovechando un hueco en la mediana, gira en redondo, abandonándonos a nuestra suerte, desasistidos y desprotegidos, a merced de los ásperos elementos. A lo lejos, un enjambre de destellos rojos nos anuncia un colosal atasco. A solo cuatrocientos metros de la primera salida hacia nuestro hogar, la que nos dirige al restaurante Juanito, nos encontramos inmovilizados, impotentes, contemplando la deseada vía de escape tan cerca, tan lejos.

Una hora más tarde, la impaciencia se acumula en nuestro ánimo. El escaso avance resulta insuficiente para alcanzar nuestra ansiada meta. La ausencia de información eleva nuestro desasosiego, una llamada a la guardia civil nos aclara el misterio: un camión se ha atravesado en la A-31 e impide el tránsito natural de los vehículos. Mi amigo, en un nuevo giro de su criterio, despotrica ante la falta de previsión. Un locutor radiofónico le da la razón, y critica al responsable de turno la imprevisión ante lo que se avecinaba. El político, en un alarde de irreflexión impropia de un alto cargo, se defiende atacando: alega que el deseo de cada ciudadano es que un benemérito le acompañe hasta la cancela de su hogar, allanándole el camino. El comentario es desmedido. Sujetamos a nuestro amigo para que no se cene el aparato receptor.

Varios inconscientes adelantan posiciones por el sepultado arcén, haciendo gala de una absoluta temeridad. La nieve puede haber enmascarado alguna trampa fatal que suscite un previsible accidente. Sorpresivamente, un camión de grandes dimensiones se materializa a nuestra derecha, en el mismo arcén, tratando inútilmente de rebasarnos por la falta de espacio. Asombrados ante la maniobra, le preguntamos por sus intenciones y nos revela que la salida está practicable. Adivinamos las diluidas rodadas de los otros vehículos que antes que nosotros llevaron a cabo la imprudencia y, animados por el chófer, seguimos las difuminadas huellas hasta la anhelada salida.

La Villa se anuncia ante nosotros, deseada, diluida por los copos. Las diez de la noche, la imagen es deliciosa. Nos adentramos solitarios en el casco urbano. Continúa la nieve, calmosa y persistente. La Roda se descubre muda y reposada. Circulamos con cordura siguiendo las impresiones de otros que nos precedieron. Hemos llegado a nuestro destino. Mi amigo sigue maldiciendo. La nieve, tenaz, augura el venidero desastre. Mi amigo sigue maldiciendo.

Comparte con tus amigos










Enviar