Opinión

‘Rosa, rosae’, ‘carpe diem’, ‘homo homini lupus’ et cetera

16 noviembre 2012

  • El latín, madre de muchas lenguas occidentales, a veces ayuda a comprender mejor el mundo que nos rodea

Nunca se me dio bien el latín. En el instituto solamente cursé un año (yo hice ciencias en el BUP), y las excelentes notas que obtenía no se debían tanto a mi dominio de la lengua de Cicerón como a una gran destreza en el manejo del diccionario. En la universidad fue otra historia, también hice un solo curso, pero me costó aprobarlo bastante más. El poco latín que aprendí se lo debo a aquel esfuerzo y, sobre todo, a las clases que me dio mi amigo Alonso Alarcón, El Salchi.

El tiempo me demostró lo equivocado que estaba en mi desinterés por la lengua latina, y cómo su conocimiento puede ayudarnos bastante en el aprendizaje y la comprensión de muchas lenguas modernas, no sólo de las llamadas romances, de origen directamente latino, sino también de otras con influencias menos aparentes, como la alemana o la inglesa. Yo mismo he comprobado en mis clases que aquellos de mis alumnos que saben latín comprenden más fácilmente ciertos conceptos y estructuras gramaticales del inglés, por paradójico que pueda parecer.

Y, claro, quien comprende mejor la lengua o lenguas que habla, o cualquier otra que esté estudiando, comprende mejor el mundo. Un ejemplo de actualidad: quienes sepan latín, o no hayan olvidado el poco que aprendieron, como yo, es posible que hayan reparado, como yo, en el nombre de la empresa que podría pasar a gestionar cuatro hospitales públicos de nuestra comunidad (Almansa, Manzanares, Tomelloso y Villarrobledo), y que ya lo hace en varios centros de Madrid, y en cuyo cuadro directivo figuran, entre otras personas, Ignacio López del Hierro (cónyuge de nuestra presidenta) y Teresa Echániz Salgado (hermana de nuestro consejero de Sanidad). Esta empresa se denomina Capio Sanidad. Una de las acepciones del verbo latino capio, cepis, captum es “coger, tomar, apoderarse”. O sea, trincar. Pues eso.

LibroUmberto Eco, El nombre de la rosa (1980). Recuerdo que a ratos me costaba progresar por las, a veces, espesas páginas de esta obra maestra de Eco, que, entre otras muchas cosas, es una novela policíaca ambientada en una abadía del norte de Italia en el siglo XIV. Pero también recuerdo que disfruté muchísimo leyéndola, y lo mismo con la adaptación cinematográfica de Jean-Jacques Annaud (1986), con Sean Connery y un jovencísimo Christian Slater en los papeles principales. De todas formas, si hoy la recomiendo es porque estos días me vino a la memoria, y creo que no por casualidad, una frase del final de la historia, a propósito del volumen prohibido, el supuesto Libro Segundo de la Poética de Aristóteles, que es el que desencadena los crímenes de la abadía y que contiene un elogio de la risa: “La risa mata el miedo, y sin el miedo no hay lugar para Dios”.

DiscoLa Polla Records, Salve (1984). Ya que la cosa va de latín, “Saaaaaalve, Regina, Mater Misericordia…!” Yo aún era adolescente, y aunque había escuchado ya mucha música, este primer disco de los navarros me golpeó en toda la cara, con sus trallazos de menos de dos minutos, irreverentes como no había escuchado hasta entonces, y con la virtud de despertar en mí, de una vez y para siempre, una indeleble conciencia de clase: “Come mucho magro, hijo, tienes que aguantarlo todo, ¡cómo está la vida hoy!, ¡es que hay que currar!”.

PelículaMichel Hazanavicius, The Artist (2011). Cuando la estrenaron en Londres, varias decenas de ingleses indignados salían de las salas exigiendo que les devolvieran el dinero de la entrada, porque nadie les había avisado de que se trataba de una peli muda y en blanco y negro. Hay que ser sandio. Si esas personas hubiesen aguantado unos minutillos más, apreciando, por ejemplo, la excelente banda sonora (algo imprescindible en una película silente, claro está), habrían con seguridad disfrutado de una bonita historia de amor contada al estilo de aquellos tiempos, además de, sobre todo, una bella parábola sobre cómo el cine sonoro, joven y pujante, vino en los años 20 del pasado siglo a rescatar al cine mudo, caduco, testarudo y orgulloso. Más de veinte premios la avalan. Por supuesto, no se hizo en Hollywood. La mayoría de los productores de allí pertenecen al grupo de los que pedirían el reembolso de la entrada.

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