Opinión

Prohibiciones

13 noviembre 2012

  • Hay unos carteles en los parques municipales llenos de cosas que no se pueden hacer

Han colocado unos cartelitos en los parques locales que prohíben todo tipo de cosas: llevar perros sueltos, circular en bicicleta, jugar a la pelota, introducir bebidas alcohólicas… Un amigo me ha comentado que está harto de tanta prohibición, que hasta dónde vamos a llegar. Pues yo estoy de acuerdo, pero no con mi amigo, sino con la restricción.

No se debe permitir que los ciclistas invadan el parque de la Cañada y campen por sus respetos con sus diabólicos artefactos. Los remordimientos golpean ahora mi mente. Recuerdo aquellos días que, malditos sean, llevaba yo a mis hijos al parque para que aprendieran a ir en bicicleta: qué mal padre. Me martillea el cerebro la imagen de mi hijo Iván, soltándose ya sin ruedines, a la buena de Dios, poniendo en peligro a todo aquel que paseaba tranquilamente por el parque. Con lo fácil que hubiera sido que practicara en la puerta de mi casa, esquivando coches, toreando peatones, eludiendo motocicletas.

Y qué me dicen del tema de la pelota, menudo problema. Esos niños jugando al balón, ¡dónde vamos a parar! A ver cuándo inventan el ordenador, o mejor aún, la PlayStation o la Wii para que los críos se queden en casa tranquilamente jugando y no al aire libre, con los peligros que eso acarrea. Al parecer en pocos días van a quitar las porterías del hondo del parque de la Cañada para no provocar a los chavales a que jueguen a tan pernicioso deporte. Pues no he pasado yo días delinquiendo con mi hijo en tan pérfido recinto. Ya me veo a ese policía municipal, libreta de multas en mano:

—Son cincuenta euros de nada, señor padre irresponsable.

—¿Por qué?

—Por el tremendo delito que está cometiendo, le está dando patadas a un balón en un parque municipal.

—Me rindo, señor policía, soy culpable.

—Menudo ejemplo para su hijo. Se empieza jugando al fútbol en un parque y se acaba atracando bancos.

—Cuánta razón, cuánta razón.

—O peor aún, igual acaba dirigiendo el propio banco.

—No siga señor policía, no siga. Se me cae la cara de vergüenza.

El tema de los perros es el que veo menos claro de todos. Los animales deben de ser libres, no es nada natural que vayan sujetos por una cuerda o que un bozal les enjaule la boca. Además, los perros sueltos por el parque se podrían dedicar a perseguir a los peligrosos chiquillos que van inconscientemente montados en sus dañinas máquinas de atropellar; o a ladrar amenazadoramente a esos padres que con sus hijos y de mala fe golpean peligrosas pelotitas.

Sí, ya sé, el ayuntamiento cuando pone el cartelito no se refiere a estas cosas; aunque, por otro lado, no está de más especificar un poquito, aclarar que lo que no quieren es que los mayores jueguen al fútbol en los espacios no reservados para ello o que vayan haciendo el cabra con la bici por el parque de la Cañada. El hecho de no precisar la norma puede dar lugar a arbitrariedades por parte de la autoridad que tiene que ejecutarla. Conocido es el caso de aquel municipal que llevado por un celo excesivo en el ejercicio de sus funciones multó a María José de Toro por ir demasiado rápida por el parque de la Cañada. “¡Pero es que va como una loca!”, gritaba a la vez que extendía la receta el riguroso guarda.

Aunque, para reglas absurdas, nuestra Constitución: norma suprema del ordenamiento jurídico del Reino de España que, por una parte, en su artículo primero pregona que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda haber discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo…; y por otra, en su artículo 57.1, hace prevalecer al varón sobre la mujer en nuestra anacrónica monarquía. Y si esta es nuestra norma suprema, cómo serán todas las demás.

A que ahora ya no les extraña tanto que en nuestro parque no se pueda jugar a la pelota. Cualquier día hasta prohíben fumar en los bares. Ya verán.

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