Opinión

La radio, ese gran invento (y II)

21 septiembre 2012

  • La radio me ha hecho muy feliz. Escucharla y hacerla

Decía la semana pasada que guardo recuerdos muy queridos de mi infancia en relación con la radio. En una habitación en la que mi madre y mi tía echaban más horas que un reloj cosiendo y bordando, yo jugaba a las chapas en el suelo, con el viejo aparato de botones y dial de hilo sonando de fondo. Las dedicatorias de Radio Socuéllamos, el consultorio de Elena Francis y Alfonso José López en Radio Juventud de Albacete se encargaron de poner banda sonora a mis primeros años de vida. Más adelante vino la pequeña radio a pilas para escuchar los partidos del trofeo Colombino, que casi siempre jugaba, y casi siempre ganaba, mi Atleti.

Con la adolescencia, los 40 Principales, donde entonces, aunque hoy nos parezca mentira, se podía escuchar buena música (y que conste que mis gustos musicales no han cambiado mucho); y en 1981, cuando apenas acababa de descubrir a los Beatles, los Rolling Stones y Led Zeppelin, llegó Radio 3. La escuché, y la sigo escuchando, desde sus primeros días de existencia.

Por fin, para terminar de apuntalar mi eterno idilio con la radio, yo también fui parte de ella. Recuerdo aquel enero de 1986, con Radio La Roda aún en pañales, con tanto frío que no me quitaba el abrigo, poniendo música a la tertulia que casi improvisaban José Antonio Fernández Plaza y Herminio Cortijo, Pichino, en las emisiones en pruebas de la radio local. Y al mes siguiente, mi primer programa propio: La hora santa, con Javier Tébar, Juan Luis Gil, Súper Arenas y José Antonio Morales. Más tarde vendrían Asamblea de majaras, con Gabriel Maestro, y El paso del pato, con Aurelio Escobar, Francisco Miguel Plaza y Apolonio Martínez.

No tengo la menor duda. Los momentos más felices de mi vida están ligados a la radio. A escucharla y a hacerla.


Libro
Antonio Orejudo, Un momento de descanso (2011). El subgénero de la campus novel, que podríamos traducir por novela de ambiente universitario, se ha cultivado muy poco en España. Orejudo, que ya lo tocó en parte en su primera novela, Fabulosas narraciones por historias (1996), lo borda en su último libro, en la línea de la mejor tradición británica de Kingsley Amis o David Lodge. Fina ironía, parodias descacharrantes, estrambóticas escenas (por ejemplo, un original del Cantar de Mío Cid mutilado por una emergencia sexual), … Para partirse la caja.


Disco
Dire Straits, Communiqué (1979). Si la memoria no me traiciona, el single Sultans of Swing (1978) no gozó en principio del éxito que tendría en España años después. Desde luego, yo conocí a la banda del escocés Mark Knopfler gracias a Lady Writer, que forma parte del segundo álbum del grupo. Aquí, como en el primero, todavía estaba David, hermano de Mark, que abandonaría Dire Straits después de la grabación del siguiente disco, Making Movies (1980), para iniciar carrera en solitario (pudimos verlo en Albacete no hace mucho, por cierto). Puede que Communiqué no sea el mejor disco de Dire Straits, pero es el que más a menudo y con más gusto escucho yo últimamente.


Película
José Luis Sáenz de Heredia, Historias de la radio (1955). Otra peli española, sí. Y una obviedad, dado el tema del que hablaba hoy. Pero es que esta pequeña joya del cine español me encanta. El ladrón (Ángel de Andrés) que contesta al teléfono mientras roba en una casa y gana un premio en un concurso radiofónico (historia que plagió Woody Allen en Días de radio, de 1987); el inventor (José Isbert, magistral como siempre) que se cruza todo Madrid disfrazado de esquimal para ganar otro premio; y el maestro de escuela (Alberto Romea) que se convierte en inesperado protagonista del concurso en el que participa por una causa humanitaria, son los personajes principales de los tres episodios que conforman esta película, hilarantes y enternecedores a la vez.

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