Un primer bostezo

09 abril 2011

Nuevo artículo de opinión del periodista Ismael Monzón, “El Loco de la Columna”

El jueves Madrid no parecía Londres, ni París, ni siquiera Lisboa. Unas pocas kufiyas al cuello de algún que otro manifestante aludían a las efervescentes capitales del Magreb tomadas por los jóvenes. Cualquier parecido sería pura ilusión. Quizá no tenían tanta información agencias internacionales como Reuters, desplegadas para la manifestación convocada por asociaciones juveniles en Madrid, que se irían antes de la hora. Lo que ocurrió en la capital española era más bien como si el durmiente comenzara a desperezarse, o más bien como si emitiera un primer bostezo.

“No se veía tanta gente en una concentración que no ha sido convocada por ningún partido ni por los sindicatos, en mucho tiempo”, comentaba un boticario desde el quicio de la puerta de su negocio en la calle Atocha, tradicional recorrido de este tipo de manifestaciones. El baile de cifras, el habitual: 5.000 personas calculaban los manifestantes, 1.000 la Policía. Lo cierto es que los asistentes tardaron más de dos horas en recorrer el escaso kilómetro que separa la Plaza de Antón Martín del Museo Reina Sofía.

La manifestación había sido convocada por la asociación Juventud sin Futuro, un conglomerado de ciudadanos en el que no hay rastro institucional. Profesores y estudiantes se han adherido poco a poco al movimiento, mientras que las redes sociales han jugado -esta vez sí los paralelismos son inevitables- el papel de catalizador. Las reivindicaciones son tan vagas como numerosas: la precariedad laboral, la oposición a la reforma laboral y de las pensiones, la dificultad para acceder a una vivienda, la degradación de la educación pública… Todas, unidas por un sentimiento de impotencia común. Los jóvenes más preparados de la historia de España no encuentran un hueco acorde a su preparación en el mercado laboral, mientras la crisis sigue minando sus posibilidades.

“Esta crisis no la pagamos”, era el cántico más repetido entre los manifestantes, donde se mezclaban desde los más tiernos universitarios hasta los padres de los que siguen sin encontrar empleo. Según los últimos datos de la oficina europea Eurostat, un 43,5% de los españoles de entre 16 y 25 años en disposición de trabajar se encuentran en desempleo, duplicando la tasa de nuestros rivales –y paradigmas- franceses y británicos y quintuplicando las cifras de Alemania. Esto supone que 840.000 menores de 25 años estén en paro, de acuerdo con el último informe de la Encuesta de Población Activa (EPA). En la concentración no había más de 2.000 o 3.000 personas. “Esto debe ser el inicio, el germen; la gente ya está harta”, le contaba uno de los allí presentes a su compañero.

El drama personal de cada uno contrastaba con el ambiente festivo de la multitud. Y ante la ausencia de una cabecera reconocible, cada cual se organizaba en corrillos, proponiendo sus propias consignas, recalcando sus principales reivindicaciones. Una pastelería de las de toda la vida, de las pocas que quedan por el centro de la capital, hacía su agosto, a pesar de las quejas de sus dueños porque los jóvenes entraran allí a hablar por teléfono, refugiándose del ruido de los tambores, los silbatos y las propias gargantas de los jóvenes. Las pitadas más sonoras coincidían al paso de los manifestantes por oficinas bancarias o inmobiliarias. El menú para la cita consistía en empanadas o bollos artesanales, lata de cerveza Mahou y el aroma del hachís, ya fuera en cigarrillos o en el humo que se dispersaba desde la cabecera hasta la cola de la manifestación.

Cuando ésta llegó al fin del recorrido, varias decenas de personas decidieron saltarse el guión y dispersarse, como suele ocurrir en manifestaciones de este tipo. Rodearon la glorieta del Emperador Carlos V y tomaron el Paseo del Prado, dirección a la Bolsa, el Banco de España o el Ayuntamiento de la capital. Antes de llegar allí, una veintena de jóvenes instalaron varias vallas de obra en la carretera, con la intención de cortar el tráfico “sólo diez minutos”. Algún conductor perdió los nervios y se vivieron momentos de violencia. La Policía, muy tranquila hasta ese momento, dispersó la protesta y continuó su despliegue calle arriba. Doce personas fueron detenidas y más de uno se llevó un porrazo de algún agente al que se le soltaba la mano cuando no estaban por allí las cámaras de televisión. Casi cuatro horas después de dar comienzo la manifestación los jóvenes se habían dispersado del todo, mientras decenas de furgonetas de Policía y aproximadamente un centenar de agentes custodiaban el Paseo del Prado, cercando la sede del consistorio madrileño. Al día siguiente para algún que otro diario, ahí estaba su titular.

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