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Miércoles, 08 de febrero de 2012

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El loco de la columna

El Rey polí­tico

3/01/2008 | Por | Sección: El loco de la columna | | | Imprimir

Mucho ha sucedido en 2007 y muchos han sido sus protagonistas. Pero parece que por un consenso general, el personaje del año ha sido el Rey, Don Juan Carlos de Borbón. Así­, de primeras, esto no encaja muy bien con la figura que representa el Rey. ¿Cómo una persona, cuyo papel es -o deberí­a ser- meramente simbólico, puede convertirse en la figura más destacada de un paí­s? Y eso que no es de los habituales de esas revistas, llamadas del corazón.

Pues la respuesta no está en una afirmación, sino en otra pregunta. ¿Han oí­do alguna vez aquello de por qué no te callas? Es lo que le espetó el Rey, el jefe de Estado, el principal embajador de nuestro paí­s a un déspota nada ilustrado en plena Cumbre Iberoamericana. Era una reacción inesperada, inusual, en el que concebimos como el mejor de los diplomáticos más allá de nuestras fronteras. Pero la reacción en España fue no ya positiva, sino catárquica. Habí­amos mandado callar a un personaje tan detestable como Hugo Chávez, lo que hubiera querido cada uno de nosotros. Pero, ¿querí­amos que lo hiciera el Rey?

Aquel no era él. No ocupaba el rol independiente que se le presupone. Era una figura polí­tica, y lo que es más peligroso, una figura herida. Durante meses habí­a estado recibiendo ataques. Ataques de independentistas y de republicanos. Normal. Nadie se deberí­a haber escandalizado porque un republicano queme una foto del Rey. Aceptado, que esas no son las formas, pero lo raro serí­a ver a un republicano honrar la bandera rojigualda. Y lo que no es tan normal, ataques desde la derecha. Desde los medios de la derecha, para ser más concretos. No de la derecha más clásica, profundamente monárquica, sino de esa derecha representada actualmente por la Iglesia, que pretende agitar el paí­s del modo que mejor lo ha hecho siempre: atacando.

La ecuación cada vez es más compleja: un Rey, que deja de ser Rey, por los ataques de la derecha. Pero si reflexionamos, no es tan extraño. El monarca ideal es el que representa al Estado, más allá de un partido u otro, es decir, más allá de confrontaciones polí­ticas. Y eso está en el lado opuesto de lo que viene propugnando este sector, cada vez más radical.

Es en este momento cuando se aclara el panorama. Los medios que se dicen progresistas y también los más tradicionales salen en defensa del Rey. Incluso el propio Don Juan Carlos sale en defensa propia. Es antológica la portada de ABC, en la que titula: El rey defiende la monarquí­a. El papel del monarca estaba en entredicho porque así­ lo habí­an puesto desde las ondas eclesiásticas, y habí­a que contrarrestar. Desde la otra trinchera se apresuraron a ensalzar la labor de la Corona, desde los primeros años de una tierna democracia, hasta el momento en que España se convierte en una de las primeras potencias económicas en el mundo. El periodo de mayor prosperidad de la democracia española, gracias a esa tarea de conciliación juancarlista.

No es esa la imagen que daba Don Juan Carlos en la que ha sido su acción más aplaudida de 2007. Con aquella frase, el Rey se igualaba a Hugo Chávez en sus formas. Un presidente, por cierto, elegido de una forma democrática. Esa no es la actitud habitual del Rey, por suerte. Entonces, no tratemos de resaltar los valores de la Corona, poniendo como ejemplo este espectáculo.

El mejor de los años para el Rey es el que pasa desapercibido, como Dios -que es el que lo ha elegido- manda. Cuesta ver cómo la llamada izquierda de nuestro paí­s defiende los valores de la Corona y los pone en pie de igualdad de la democracia. ¡Cómo si no fueran conceptos antagónicos! También cuesta al republicanismo de nuestro paí­s aceptar que ahora mismo se antoja impensable un plebiscito entre Monarquí­a y República. Por eso, no nos vengan con estos cuentos para defender lo contrario que el oponente. Si el Rey continúa por esos derroteros, puede que -como pretenden los crí­ticos derechosos- deje de cumplir el magnánimo papel que ha venido desempeñando. Y si no lo hace, seguiremos contando igualmente con una institución desfasada, lejos del ideal de democracia y cuyas oscuras cuentas salen demasiado caras, sobre todo, a un sector de la población que lo reprueba.

Ismael Monzón