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Martes, 07 de febrero de 2012

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El loco de la columna

¿Quién paga los platos rotos?

9/09/2007 | Por | Sección: El loco de la columna | | | Imprimir

Este verano hemos recibido unas clases avanzadas de economí­a. Las hipotecas ya no se soportan a sí­ mismas. En Estados Unidos, hace unos años, se firmaron créditos para la compra de viviendas a personas con muy pocos recursos. No tení­an más aval que el propio bien que estaban adquiriendo. En caso de vacas flacas, siempre podí­an vender su inmueble. Pero eso era en tiempos en que el interés estaba a un nivel bajo y el precio de los pisos seguí­a creciendo irrefrenablemente. Pero en algún momento se tení­a que frenar. Y en Estados Unidos ya lo ha hecho. El tiempo del dinero barato se acabó y, con la subida de los tipos de interés, la oferta de pisos crece por encima de la demanda. Es decir, la gente que antes se hipotecaba costara lo que costara, ya no puede hacer ni eso. Y quienes han comprado una casa tampoco pueden venderla porque no encuentran quien se haga cargo de ella, aunque sea a un precio más barato del que éstos la adquirieron.

Aquellos que firmaron una de estas famosas hipotecas basura han dejado de pagar. Sociedades destinadas a ofrecer este servicio se han ido a la quiebra, con los consiguientes despidos masivos. Y como el dinero en la sociedad actual no entiende de fronteras – ni quienes lo controlan de decencia- bancos de todo el mundo invirtieron en este tipo de fondos, con la esperanza de incrementar sus ingresos, sin pensar en los posibles riesgos. Ahora, algunos de esos bancos han visto tambalearse sus cuentas y los que no se han visto afectados, desconfí­an de su vecino por si está metido en el fango.

Estos bancos, en contra de lo que pueda parecer, no tienen una cantidad ilimitada de dinero en efectivo, sino que necesitan pedí­rselo a otras entidades para realizar sus operaciones. Y la tasa a la que se prestan este dinero en Europa es lo que se denomina el famoso Eurí­bor. La desconfianza entre los bancos a la hora de facilitar dinero a una compañí­a que podrí­a estar en peligro provoca que los préstamos interbancarios se reduzcan. Y si atendemos a la ley de la oferta y la demanda, esto sólo puede significar una cosa: la subida del precio. La culpa, como siempre, del Eurí­bor.

Las familias cada vez se endeudan más y los bancos se ponen nerviosos ante una crisis que, de momento, sólo ha llegado a Europa de una manera indirecta. Mientras tanto, los medios de comunicación emiten mensajes apocalí­pticos con el desplome de las bolsas de todo el mundo. Pero, ¿qué le importa al ciudadano la caí­da de la Bolsa? Le importa, porque si una empresa pierde dinero, en el juego al que ellos deciden jugar, los afectados van a ser sus clientes. Por algún lado tendrán que obtener más beneficios para reducir sus pérdidas. Y en esto, los bancos son especialistas.

Lo que se puede estar produciendo es, el tantas veces anunciado, estallido de la burbuja inmobiliaria. Algo que en teorí­a deberí­a beneficiar a los compradores, porque por fin bajarí­an los precios. Pero la situación que nos ofrecen es la de una crisis crediticia y por tanto, será en los créditos, de donde provenga el golpe. Los bancos endurecerán las condiciones para acceder a una hipoteca por temor a que ocurra lo mismo que en Estados Unidos. Y si reducen el nivel de préstamos hipotecarios, difí­cilmente bajarán el interés. Al Eurí­bor se le une otro cabeza de turco, las hipotecas sub prime (que además suena bien). Y el perjudicado, el de siempre.